Hay ciertas creaciones a las que solo se puede llegar mediante destellos, breves iluminaciones en medio del caos. Más o menos así llegué a Luxferre, banda de post metal oriunda de la capital. A través del canal Al pie del cañón, que tenemos con el amigo Pablo Rumel, nos propusimos ahondar en la innovadora propuesta musical de la banda. Fue de esa manera que analizamos su segundo y último LP, “The light within us” (2025), que puede traducirse como “la luz entre nosotros”. El trabajo había ganado el Fondo para el Fomento de la Música Nacional, Convocatoria 2025 del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Todo un orgullo, sobre todo para un género tan difícil y oscuro como el que los integrantes de Luxferre se decidieron a realizar, con empuje y virtuosismo.
Luego del capítulo dedicado íntegramente a su último disco, me enteré que la banda tocaría gratis en el Palacio Rioja, el día viernes 30 de enero. No lo podía creer. Un show de ese calibre, con esa estampa y con ese sonido, en tan histórica instalación. Había que ir a como diera lugar. Llegado el día, viajé rumbo al antiguo palacio y caminé un par de cuadras. A unos cuantos metros, ya se escuchaba a la banda probar el sonido que, al rato después, nos envolvería a los presentes con su atmósfera inmersiva, vertiginosa. Me apronté en las inmediaciones del palacio, crucé la reja lateral y pude ver a unos cuantos metaleros con sus parejas, amigos e hijos esperando en el pasto, mientras se formaba una pequeña fila frente a la Sala Aldo Francia. El recital debía partir a las siete. Solo bastaron unos minutos más para que la fila creciera, junto con la ansiedad por el espectáculo. Al acabarse la prueba de sonido, de inmediato, las puertas fueron abiertas. Entré rápidamente y me coloqué frente al escenario, en la segunda fila, con tal de tener una vista cercana y una acústica favorable, acorde a la experiencia.
De fondo, Abbey Road de The Beatles. Las influencias estaban ahí. Era la antesala clásica al vértigo sonoro que estábamos a punto de escuchar. Entonces, aparecieron en escena los chicos de Luxferre. Con un ingreso tranquilo, sin demasiado aspaviento, se presentaron ante el público con unas breves palabras y luego acomodaron los últimos detalles para comenzar a ejecutar la obra. De ese modo, comenzaron con el tema que da arranque a su último álbum. El tema se llama “The end begins”. Comienza el fin. En efecto, esa era la sensación. La enérgica batería de José Valenzuela marcó el ritmo para lo que venía durante el extenso tema. El sonido distorsionado de las guitarras, cortesía de Julio Leiva y Chandía, creó ese ambiente etéreo, aunque lo suficientemente nítido como para no descomponer la estructura bien armada de la canción. Se destacó además el trabajo del vocalista, con una voz rasgada, potente, a la par con el conjunto. Había ciertas secciones regrabadas en pistas que iban sumando capas sónicas al tema, volviéndolo más denso y profundo. No sé por qué algunos pasajes musicales de Luxferre me recordaron al Mar de grises más experimental e introspectivo. Claramente había resonancias en ese sentido, aunque la dirección musical de Luxferre apuntaba más a una búsqueda sonora, a una transgresión de sus propios límites, que a una oscuridad o melancolía doomera.
Tras el golpe inicial, aclamado de forma unánime, e interiorizado a concho, vino Oblivion, otro corte del disco. Oblivion se traduce como olvido. Acá las guitarras comenzaron con un riff lento y poderoso, generando un eco de fondo, para darle al tema ese toque envolvente, tan propio de su propuesta. La percusión arremetió de pronto, sincronizada de manera firme y precisa. In crescendo, las guitarras siguieron su curso, extendiéndose más allá de lo predecible, contribuyendo a generar una emoción opresiva. Los vocales sonaban más y más agresivos, conforme el tema se hacía más largo. Después del punteo de guitarras, una sección más lenta, menos distorsionada, que invitaba al trance y a la contemplación, para luego volver a la tónica del principio, con más energía todavía, con mucha mayor intensidad. Así, Oblivion iba cerrando de forma paulatina, hasta apagarse y disolverse lentamente, como si cayese a un abismo. Un silencio de sumo respeto y también de completa compenetración. Siguió el tema Sisyphos, con ese intro inconfundible. Una pista media industrial, con efectos de sonido que evocan una repetición sincopada, un ritmo mecánico y apenas un susurro, para, acto seguido, dar el pie de arranque a la potencia de las cuerdas y al desgarro de la vocalización. Predomina la pausa y la lentitud en las secciones intermedias. Hay una alternancia entre rabia y reflexión que pareciera emular el proceso doloroso del Sísifo que acarrea su piedra una y otra vez, a modo de castigo divino. Se destaca el contrapunto emotivo en los efectos que acompañan el trabajo de cuerdas y la siempre marcada batería, sólida en su ejecución. Al llegar al clímax del tema, se repite la pista industrial, de nuevo, para dar ese sentido redundante que entra en sintonía con lo propuesto. Hacia el final, acaba el ritmo y solo continúa esa pista como en una reverberación infinita. Hay que imaginarse a Sísifo, cargando su piedra mientras tiene puestos unos audífonos y escucha, de fondo, “la luz entre nosotros”.
Enseguida, empezó el tema Fire, del cual la banda hasta sacó un videoclip. Se trataría del single del álbum. La puesta en escena era muy similar a la del video. La banda tocando en penumbras. Un juego de luces fuertes en las secciones más intensas. No estaba presente el apartado visual, pero fue este formato en vivo el que de verdad nos brindó una interpretación más cruda y directa de la misma canción. Había mucho más “fuego” en ese registro, por el solo hecho de estar ahí, perdiéndose en ese torrente y en ese bloque de cuerdas, bajos y percusiones retomando por toda la sala. “Quema, quémalo todo, quema mis heridas”. En el tema ya quedó patente el tópico del duelo y de la posterior regeneración. Porque no hay iluminación sin conciencia sobre la oscuridad. Porque para elevarse es preciso haber enterrado las raíces en el infierno. Eso quedó muy bien representado en la canción, cuya dinámica emulaba también la evolución de la llama, desde su voracidad, siendo luego aplacada por un momento, solo para ser alimentada con más fuerza. Basta con poner atención a las líricas: se atraviesa el fuego, el mundo se quema, aparece un vacío blanco, unas nubes negras, se cuela un rayo de luz, un “dolor purificador”, que “habla entre las llamas y sigue al silencio”. Entonces, el intérprete llega a un punto en que personifica al fuego, lo interpela directamente y le pregunta si llegará a ver el ocaso otra vez. Sin duda, se trata de una de las secciones más contundentes del disco, por su alto contenido simbólico y por la audacia de su composición.
El tema que siguió a Fire era el último que correspondía a “la luz entre nosotros”. Se llamaba Drifting, que podría traducirse como “flotando a la deriva”. Recordé el arte del álbum. Unas olas rodeaban el contorno en el que aparecía la figura doble del hombre cargando una llama, una llama prometeica de la cual salían volando unas aves. Puro simbolismo mítico. El propio tema se deja escuchar como si se tratase de una corriente. Me sentí arrastrado, me dejé llevar. A esas alturas, solo cabía sumergirse y seguirse hundiendo. Las guitarras arremetieron e hicieron lo suyo, desplegando su vibra vitalista. Había oscuridad en esa indeterminación, la misma de un navío que naufraga durante una tormenta en medio del océano. Pese a todo, se sentía un empuje, porque no todo estaba perdido en ese vendaval de cuerdas vibrantes y ritmos pesados. Al medio, una brevísima calma que servía de contrapeso reflexivo a toda la marea sónica. Después, el tema no dio tregua. La corriente volvió a hacerse presente hasta el final de la canción, arrastrando al oyente hacia su cadencia sin descanso, bajo un sonido cada vez más afilado, un bajo grave, unas voces retumbando en todo el espacio, y un ritmo tan técnico como ritual, porque esa era la característica que adquirió al evocar el paso del fuego al agua tempestuosa. Ambos elementos pueden ser destructores y purificadores. En dicha ambivalencia recae el sentido del duelo. En ese trance hipnótico, ocurre la obra alquímica, la integración de lo caótico con lo abierto para lograr la síntesis.
A ese punto ya habían terminado de tocar el disco en vivo y en directo. Un trabajo redondo, como dicen, cual uróboro que completa un ciclo de creación y destrucción. En un bis de rigor, remataron con un tema de su anterior álbum, “Faces” del 2022. About loss. Acerca de perder o acerca de la pérdida. Las voces se escucharon todavía más pronunciadas, prácticamente en su punto catártico. Las cuerdas vibrantes, etéreas, con reverberación continua. La percusión siempre constante, en pie de guerra, porque eso se dejaba expresar, en ese nuevo torrente que estaba por darle el remate a esta caravana sonora. “Este no es el final”, sentenciaba el intérprete. “Las marcas en mi alma nunca serán borradas”. “Las palabras siempre morarán en el horizonte”. “El sol se eleva sobre el cielo, pero su luz no me tocará”. La línea melódica antecedía a estos versos, y finalmente ocurría la revelación, porque el dolor debía ser purgado de manera estruendosa, y el espíritu eléctrico tenía que manifestarse allí en esa sala, abriéndose paso en nuestros oídos y nuestra conciencia.
Luxferre cumplió con creces, colmando todas las expectativas. Un aplauso al son de las cabezas agitadas. Porque había en esa agitación, en ese estremecimiento un secreto misticismo, quizá el mismo del Sísifo con la llama rodeada por olas y pájaros. A la salida, uno de los integrantes de la banda vendía copias físicas del álbum, además de poleras. Le estreché la mano e inmediatamente me reconoció. Se mostró agradecido por el programa que dedicamos a Luxferre con su sonido tan único. Por eso mismo, el compadre me pasó una pequeña tarjeta del colectivo Feral, colectivo compuesto por bandas de post metal, tales como La bestia de Gevaudan, Errante, Icor, los propios Luxferre, Antar, Goecia, el Bosco y Escara. En la tarjeta, aparecía un lobo gruñendo con un fondo negro, sombrío. Atrás, estaba el código de Spotify para escanear la lista de las bandas ferales. Hasta ese momento, solo tenía conocimiento sobre Luxferre. Su luz feroz me sirvió de iniciación, de descubrimiento espiritual. El resto del colectivo aguarda mi escucha atenta. Lo feral reta a quien ose explorar su dimensión salvaje, porque para sumergirse en la dimensión del post metal hay que estar dispuesto al estremecimiento, a la inquietud, a la vacilación. Derribar las antiguas certezas. Los esquemas prefabricados. Ser consumido por otro fuego, ser devorado por otras olas y reclamar otro poco de luz en las orillas.

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